lunes, 6 de mayo de 2013

Maldigo la poesía concebida como un lujo 
cultural por los neutrales 
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. 
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.


La poesía es un arma cargada de futuro, Gabriel Celaya

miércoles, 24 de abril de 2013

Después de todo he comprendido que el reto más complejo y rebuscado es escribir directamente sobre uno mismo

domingo, 14 de abril de 2013

"El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco que piensa. No es necesario que el universo entero se arme para aplastarle. Un vapor, una gota de agua, son bastante para hacerlos perecer. Pero, aun cuando el Universo le aplastara, el hombre sería más noble que lo que le mata, porque él sabe que muere. Y la ventaja que el Universo tiene sobre él, el Universo no la conoce." 

 Blaise Pascal (1623 - 1662)

jueves, 4 de abril de 2013

De viaje 2

Si el lugar deseado y las personas correctas se uniesen en un espejismo de cielo y ramas, la real percepción de la vida cruzaría como el aire por el surco vacío del propio ser humano.
Los cimientos de revelación de un macabro circo temblarían en el desvelo de la inusual orgía de sensaciones.
A veces con palabras, a veces muertas como fruta seca.
El amor, pasajero empedernido en la racionalización de ideas, se acerque a cubrir de musgo algunas libertades y de ensueño a otras mentes cobardes.
Cobrarán vida las rocas en los agujeros del entretenimiento dulce, se olerán los misterios de la empatía y el nadar de atareados peces licenciados del silencio.
No serán, pues, las gotas las que sientan la insegura fortaleza de sus suspiros. Ni mucho menos las compañías.
El vuelo de historias colectivas derretirá las fundidas brazas y atraparán las delicias de la eternidad. Y así, sin más, forjando pintadas en los recuerdos se distribuirá la experiencia. Esa de necesitar el lugar indicado y las personas correctas.

viernes, 1 de marzo de 2013

Irracional

Explotó para volver a sentir parte de la percepción de causa y efecto. Soltó al cinismo la piel descascarada de su pasado irrisorio. Sigiloso, vengativo, con sed de quiebre, salpicó con constancia la firmeza de la enorme piedra que relucía verde bajo un acantilado de estrellas. Enjuagó sus manos manchadas de culpa, y acariciando el suave charco espantó de la superficie la felicidad espontánea. Tembló en la intemperie, como hacía tiempo no lo hacía, y perdió su mirada en el suave bosque a espaldas del furioso acantilado. Vibrando al viento, acalambrado de músculos, hirviendo de fiebre artificial, cerró sus ojos con violencia a la oscuridad del silencio. Sus hombros cargaron la euforia de una pesada noche y parecía que todo su cuerpo habría de desquebrajarse. Su mente ya había fracasado.
Relleno de espanto, tieso, contrajo sus dedos y pellizco sus palmas en la batalla contra las mil imágenes de una reciente batalla. Golpes del inconsciente, desesperado instinto de idiosincrasia machista, inmaculada sensación de superioridad física y amedrentada tragedia. Los revuelos de aquel monstruo agujerearon sus recuerdos y logró acompañar sus rodillas hasta lo efímero de un suelo viscoso y húmedo. Un agresivo espasmo lo invitó a levantarse, y tras un giro sintió el corte en las ataduras de pies y manos. Vivió en carne propia la distancia del miedo y el recuerdo de alguna profunda verdad. Desapareció en la aguerrida noche estrellada hasta lo absurdo del abismo, para abrir sus manos a la profundidad del mar. Se recubrió de cenizas de soledad de aquello que había sabido construir entre su miseria y su deserción social.
Descubrió, tras su endemoniada sonrisa, que había destruido su inocencia. Había viajado al espacioso sentimiento de libertad. Había vencido a su propia ilusión y abandonado su blanco cubículo. Había caído estrepitosamente al infinito de aguas y piedras.
Se cubrió en desprecio, abandonó su traje blanco y se deshizo en la noche estrellada. Habíase librado de su cuerda inconstancia y por única vez, encontrado la salvación sin ella.

martes, 5 de febrero de 2013

De paso por los años

- ¡Cobardes! - gritó el viejo mientras observaba a un grupo de niños perderse en la esquina y cerraba la puerta de calle. Ya se había acostumbrado al divertimento del ring-raje, y disfrutaba casi de igual manera que aquellos chiquitos. "Cobardes", gritaba cada vez que esto sucedía, y ya, después de tantos años, había olvidado el significado mismo de esa palabra. Al menos el real formalismo que alguna vez en su larga vida había sabido darle.
La risa del jovial chascarrillo desapareció y la sonrisa de pocos amigos había vuelto a adueñarse del gesto triste debajo de la maraña de pelo blanco y enredado. No resignó tiempo a identificar nuevamente a cada uno de los pequeños que solían disfrutar viéndolo asomarse amargado en su antigua bata color beige y sus chancletas de algodón haciendo juego: hijos de antiguos jóvenes del barrio que bien han sabido ser amigos de su propio hijo.
Al pensar eso, su mente hizo una pausa (Pasados los 80 años su mente le había regalado una nueva gracia, la de hacer una pausa. Era como si por un segundo quedase titilando como el botón de encendido del televisor y luego pusiese en marcha un trocito del inconsciente para recordarle sucesos aún activos).
¿Qué será de la vida de mi hijo?, se atolondró mientras atravesaba el oscuro living y evadía los pies de los sillones colocados estratégicamente para no reavivar su torpeza. Supongo que debe estar ocupado trabajando, porque hace días que no llama. Otra pausa mental. Cuando su primogénito lo llamase disfrutaría haciendo una pequeña escena abandónica (a pesar de que solo dos días había pasado desde su última comunicación), que terminaría en un pequeño suspiro cariñoso y en una invitación a cenar con los nietos.
"Ya es un tipo importante, mi'hijo, ¿ve? Ya no necesita consejos. Es muy independiente" Repetía con un orgullo hiriente el sábado por la tarde en el club de jubilados mientras estas punzantes palabras lo retrotraían a la absurda pero intrépida ilusión de ya no sentirse útil para su familia.
Terminada la travesía a través del living que hacía algún tiempo había dejado de ser "salón de estar" y convertido en un invaluable museo; utilizando el marco de la puerta como fornido sostén, se impulsó hacia la cocina. Ese pequeño cubículo de pocos metros donde pasaba gran parte de sus días compenetrado en lo que la colorida pantalla tenía para ofrecerle. Con el volumen fuerte que retumbaba a través de la heladera, cruzando la mesa que atravesaba el salón, golpeando el mueblecito donde reposaban vasos, cubiertos y encima un anticuado microondas, y finalizaba en el horno y la pileta de lavar los platos que siempre tenía algo esperando a ser enjuagados. ¿Quién me va a venir a decir ahora que no debo arrastrar los pies?, ¿Quién me va a obligar a lavar los trastos sucios?, pensaba casi en voz alta.
Se dejó caer en la silla que ya no enfrentaba la mesa, sino al 22 pulgadas; escupió un clásico "uff, la pucha", que explota en significados pasados pero caducaba de ideas presentes, y entrelazó entre sus dedos su arma secreta: el control remoto.
Su mandíbula separada permitía el ingreso de aire más fácil a sus oxidados pulmones y relajaba esa necesidad de no pensar mientras disfrutaba un partido de dos equipos que todavía no había reconocido. Con nombres como Lozano, Hernández, Ramos, el equipo de camiseta blanca acababa de convertir un gol después de muchos rebotas y zambullidas en el área, y el locutor destacaba la burrada del arquero mientras se enfocaba en primer plano la cara de derrota de los jugadores de camiseta azul y bordó, y una espalda que relucía un gran once y el nombre Rubén García. Al parecer en apenas 15 minutos  habían pasado a perder por uno y estaban en problemas.
El reloj marcaba las 5 de la tarde, y el locutor se relamía mientras aclaraba que "con éste resultado el Valencia se estaría clasificando inmediatamente a la Liga de Campeones, mientras que el Levante debe de conformarse con luchar la UEFA”.
Continuaba el horario de la siesta aunque se conformase con palpitar el horario de la merienda.
Arrastró su pesado cuerpo alrededor de la mesa, colocó la pava en el fuego mientras tomaba una pequeña tasa vacía y un saquito de té de tilo (lejos de tranquilizarlo, le traía a la memoria sus tardes en familia con sus retrógrados padres y su difunta mujer). Volvió a acomodar el almohadón en la silla, y despotricó por la necesidad de hacerlo cada vez que se sentaba. Inmediatamente apagó la televisión con un ágil movimiento de muñeca sobre el control remoto. Miró desde arriba la tasa con el té casi transparente y cerró sus ojos para rellenarse de recuerdos.
Suspiró profundo y el vapor recorrió todos sus pulmones. Encontró la pena del sentimiento de aquel que todo lo sabe. Levantó la tasa al aire sin remordimiento, y como hacía más de 80 años, volvió a quemarse la lengua.

domingo, 3 de febrero de 2013

— No... ya sé lo que usted cree... pero escúcheme... yo no estoy loco. Hay una verdad, sí... y es que yo sé que siempre la vida va a ser extraordinariamente linda para mí. No sé si la gente sentirá la fuerza de la vida como la siento yo, pero en mí hay una alegría, una especie de inconsciencia llena de alegría.  (...) Lo que hay, es que esas cosas uno no se las puede decir a la gente. Lo tomarían por loco. Y yo me digo: ¿qué hago de esta vida que hay en mí? Y me gustaría darla... regalarla... acercarme a las personas y decirles: ¡Ustedes tienen que ser alegres!, ¿saben?, tienen que jugar a los piratas... hacer ciudades de mármol... reírse... tirar fuegos artificiales. 


El Juguete Rabioso, Roberto Arlt

lunes, 28 de enero de 2013

Planeador

Se despliega en la elegancia del celeste cielo de un entrado verano el reflejo de un pequeño cometa. Azul y blanco, en forma de "V", con pequeñas solapas de tela que fluyen en sus vértices.
A través de dos largas cuerdas la inmortalidad de un niño que sostiene en cada mano un manillar de madera. El viento sopla constante y caliente del norte mientras el sol cae con gran velocidad. Aunque ésto poco le importa al piloto. Debajo de la sombra del artefacto en vuelo, el mundo: miles de personas arrastrando un pasado, intranquilas; pisadas en la arena de decenas de seres con infinidades de ideas y oportunidades.
El cometa mantiene su vuelo guiado por el par de ojos repletos de concentración. Los pies destruyen un montículo y se clavan en la arena como anclas. Por hoy, nada se interpone entre las pequeñas manos y la eternidad.
La maniobra de funcionamiento parece tan simple como esa sonrisa infantil y su flequillo en movimiento. Si tiro con firmeza del piolín en mi brazo derecho, el giro del planeador será con violencia hacia ese lado. Lo mismo sucede con mi otro brazo. Si torpemente pierde altura alzo ambas manos separadas y tiro para evitar que toque el suelo. El roce con la arena lo tumbaría inmediatamente.
La ecuación es muy básica y parece un juego de niños. Lo es. Como salvación de cualquier ser humano, este sentido común en la mecánica jugaría un papel fundamental, pero para ese niño feliz, el vuelo del cometa se convertirá en un proyecto de prueba y error. Importantísimo. Incomparable. Y si éste cae al suelo siempre habrá alguien dispuesto a ayudarlo con esperanza y palabras de aliento.
Para el adulto, el sentido común de esa práctica lo llevará hacia otro extremo. Se cubrirá de terror y espanto ante del crujido de algún problema nuevo. LLorará desconsolado y perderá el rumbo del instante.
Y entonces solo aparece un miedo, también en el nene: la hora de irse.

lunes, 26 de noviembre de 2012

Realismo mágico .

Nunca fuiste tan real. Para mí. Como aquel día que prometiste que todo habría terminado. Como aquella luna que me transporto hacía el vacío del sueño. Como una mancha en mis silencios.

Nunca fuiste tan real. Como esa lágrima que despidió la ventana del colectivo. Como la crisis de otra ola que atravesó un cúmulo de piedras y arena. Solo el riego de una flor de plástico, o un sentimiento de podredumbre.

Desaparece en algún lado el derrotero puñal y se aloja la idea de inactividad y desgano. El cielo brilla como condenado eternamente. Las nubes desorientadas en su rutina cambian de forma, altura, y mueren para volver a nacer. Como veneno se cierran mis venas y pierden la cordura. Flotan las palabras. Pero la gravedad siempre gana.

Arrastra su inocencia y explota la culpa. Vierte como granizo cada partícula de necesidad. Pero nunca fuiste tan real, por eso la gravedad siempre gana.

viernes, 26 de octubre de 2012

Desde el vamos .

Profetizó el muro y lo construyó pieza por pieza. Tomó de la mano a su real compañera y sacudió su hombro con el aire nervioso y temerario que lo caracterizaba.
Fijó la mirada en los verdes ojos que sobre una enorme mueca de felicidad relucían, y hasta parecían más bellos y destellantes que cualquier tiempo pasado; y rascó con suavidad su propia cabeza. Tal vez este acto forzaba a que sus pensamientos se establecieran en ideas. Quizás simplemente añoraba derramar en su aliento todas las palabras que contempló perderse en circunstanciales tempestades.
El extenso instante pasó y nada pareció tener un sentido, aunque todo continuó siendo demasiado real: ella frente a él. Sonriendo. Imperfecta. Llena de fantasías. Realidades. Sueños. Alegría. Tan extraordinaria al silencio de la brisa nocturna. Tan especial bajo un cielo sin estrellas. Tapando cualquier sonido con su respiración. Sorprendida y expectante  pero inmune y disfrutando del olor a estupidez enamorada que aquel hombre desparramaba al aire.
Él, a centímetros de sus labios, vomitando frases sin sentido que buscaron encontrar un rumbo hacia el presente. Descompuesto en largos adjetivos que detallaron un siglo de naufragios y colapsos. Se describió, se apuñaló, y se perdió en vergüenza pero sin la menor intención de continuar hablando de sí mismo. 
Perdido. Nunca tan perdido. Nunca tan estúpido, demente o dicharachero. Nunca tan fascinado y agradecido de hacerse mil preguntas sin respuestas, mil promesas incumplidas e imaginar momentos como ese.
Sostuvo en una mano el contacto con sus interminables dedos, con ella una porción de esperanza y un mundo que no necesitaba explicaciones. En la otra, clamó un puñado de inseguridades que no huirían con facilidad: que tal vez aprenda a callarlos y conservar la calma. Quizás busque enfrentarlos como Teseo a un Minotauro rendido y acorralado, pero siempre bajo el riesgo de quedarse atrapado en un laberinto de incongruencias.
El silencio verborrágico nunca encontró su lugar y tras largos suspiros observó la valentía en sus bolsillos. Rechazó todo manual de conquistas y cayó cansado ante una conjunción de letras antes desconocidas. Apretó ambos puños, atrapando con firmeza una de sus manos, abandonó el amparo del secreto de sus ojos y sintió su cuerpo enflaquecerse al pronunciar con esmero una frase hecha y mal interpretada: "al fin te encontré".
Se dieron lugar a una pausa, a una corriente helada por la espalda, a un par de ojos que se encontraron y la sorpresa de unos labios que determinaron que aquel momento pasaría a ser eterno.

lunes, 1 de octubre de 2012

Se preguntó, como ya lo había hecho muchas veces, si no estaría loco. Quizás un loco era solo una "minoría de uno". Hubo una época en que fue señal de locura creer que la Tierra giraba en torno al sol: ahora, era locura creer que el pasado es inalterable. Quizá fuera él el único que sostenía esa creencia, y, siendo el único, estaba loco. Pero la idea de ser un loco no le afectaba mucho. Lo que le horrorizaba era la posibilidad de estar equivocado. 

George Orwell, 1984

miércoles, 26 de septiembre de 2012

De pequeños a invertebrados.

La realidad se tornaba compleja, incinerable. El inquebrantable movimiento horizontal parecía no alejarse de su inestable suelo.
Sus zapatos deliraban entre la constante e impaciente vibración y sus ideas furtivas de comparaciones reaccionaban al cuestionarse sus metódicos conceptos de "saber como" o "no haber sabido".
La incuestionable y ofuscada deportación de ideales surgió ante el improvisto de verse dispensable para el cuadrado que acostumbraba. La facilidad de reemplazo, la notoria elaboración de excusas premeditadas para la posible suplantación de enredos por planificaciones de un nuevo modelo.
La meticulosa necesidad de verse envuelto en similitudes obligatorias abrieron un nuevo agujero en su concepción matemática de su futuro a corto plazo y como caída libre acosaría el cambio en su percepción del minuto como rebatimiento de un trecho sinuoso y desesperanzado.
El horizonte se alejaba como un espasmo, y el mareo de tierra acechaba al nuevo concepto digerido y aceptado.
El cambio supo ser tan brusco que trincó la perspectiva del sol cubriendo su indefinido rumbo y a la visión natural de una acumulación de algodón gris en aquella otra nube.
Todo enfureció cuando la silbadora ráfaga golpeó su indecisión de estrenar su nuevo descubrimiento, y sus rodillas cubrieron el pavimento de plegarias a un supuesto negocio sobrenatural que hacía décadas había abandonado.
Con sus dedos entrelazados y su frente rozando el suelo supo que era entonces que sucedería lo esperado.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

La certidumbre de existir .

Si
lo he visto todo
todo lo que no existe destruir lo que existe
la espera arrasa la tierra como un nuevo diluvio
el día sangra
unos ojos azules recogen el viento para mirar
y olas enloquecidas llegan hasta la orilla del país silencioso
donde los hombres sin memoria
se afanan por perderlo todo

En una calle de apretado silencio transcurre el asombro
todo retrocede hasta un limite inalcanzable para el deseo

pero tu y yo existimos

tu cuerpo y el mío se adelantan y aproximan
y aunque nunca se toquen aunque un inmenso vacío los
separe
tu y yo existimos


Aldo Pellegrini

miércoles, 15 de agosto de 2012

miércoles, 25 de julio de 2012

Gluc!

Después de 35 años sin vernos y de minutos sin reconocernos logró sacarme una sonrisa con un simple movimiento de mano sobre aquel antiguo muro lleno de recuerdos y un deshauceado espasmo de aire cubierto por la frase "Pica Miguel". 


Todo había quedado detrás excepto eso, un juego de niños.

lunes, 9 de julio de 2012

Acción de ser.

Imaginarse una situación de espanto en momentos críticos de tu vida sería como lanzarse al abismo de las oportunidades negadas y del silencio vengativo. Forzar al ras de lo demente el sentimiento de desconfianza que otro ser humano aterrador sentencia. Creer en el vacío de cada ruido que emerge de entre sus dientes ya no es parte de los razonamientos cotidianos.


Situados en acciones contradictorias entretener la sin razón en la esquiva de puñales  y dardos que buscan quemar tu demencia. La senil posibilidad de hallar entre bosques y barro el desahuciado motivo de verse parte de esto o aquello.


En la inoportuna batalla, un desconsiderado aburrimiento, el momento de verse rendido al ademán de la fluidez verbal que resurge entre telarañas en la oscuridad de la mente. Se aferra desesperado, apretando los párpados, a una idea socialmente aceptada del blanco por sobre la nada misma. Nada funciona. Su inhóspita sobrecarga de desinformación lo acecha como olas en un volcán de furia. No se encuentra solo, ni desnudo. Tampoco se ven enfrentando a un diablo feroz cubierto por un manto rojo.


Miles de ojos atraviesan sus recuerdos con punzantes y devastadoras armas de destrucción. El doble de zapatos golpean un suelo que vibra con otro racimo de viento intoxicado de ruido permanente. Un ruido que no significa nada, pero se acerca para dejar su huella intrépida y absorta en el inconsciente.

lunes, 2 de julio de 2012

Al pie del aire.

La imagen del pie que siente el baile estrepitoso de la marea. Una situación similar a la de un niño en una hamaca aunque no empeora en su verticalidad. Fluctúa el aire en las olas que se manifiestan de forma ordenada, dinámica, rutinaria, y se deja corromper con la misma facilidad con la que se construye. El pequeño movimiento horizontal también deja claro que la fuerza puede más, que no es solo un pie que se deja llevar.

El ritmo del vaivén de aquel líquido con poco de río y nada de sal transparenta la idea de percepción que las endorfinas distribuyen a cada dedo. La potencia del sostén queda entera en el talón que solo logra aferrarse al vacío de sentir pero no flotar. Cada pequeño punto, cada extremo percibe la cálida brisa que le quita protección pero le advierte que aún habrá más batalla.

Muy por encima, una mancha blanca decora toda la estructura y colorea una pisada agotada; el tiempo dejó sus marcas invisibles. La acción continúa y el pie solo sube para volver a caer.

martes, 29 de mayo de 2012

Síndrome

Los viajes diarios convierten a Buenos Aires en una ciudad completamente loca.

Día por medio se dan sucesos que hacen que minutos perdidos en el tren, colectivo, subte transformen la rutina en una sátira de la vida cotidiana. Ancianas que entran mufando e insultando a un chofer que les frena a diez metros de la parada; un madrugador dormido abre la boca con demencia y deja fluir un valiente hilito de baba que se cuela hasta el cuello de la campera; un colectivero que sonríe y da los buenos días. Un niño que avergüenza a sus progenitores y despierta en llanto los comentarios de reprobación de la misma anciana que mufa: "a ese chico deberían ponerle límites", regaña entre dientes. Momentos con aquellos despiertan una sonrisa al eterno desolante trayecto hasta lo conocido.

Hace no mucho tiempo descubrí en los 45 minutos de hora pico Olivos - Retiro que acarreo con un defecto por demás interesante: la curiosidad; el chusmerío cuasi salvaje. Lejos de esa curiosidad a la que los canales de aire nos tienen acostumbrados. Años luz de la verborragia en pantuflas de la vecina que barre la vereda.

¡No!, hablo de la curiosidad seria (no es que las otras no sean serias, seguro lo son, pero no me detendré en detalles), el síndrome de interés por la intimidad al combate del chusmerío de barrio, de si el vecino elige una zanahoria y la más grandes y se la lleva sin envolver; o si el sodero reposa el camión horas en la puerta de rejas verdes mientras el hombre de la casa sale a trabajar.

Se trata de algo diferente, algún especie de virus que me atemoriza solo dentro de los transportes públicos; la necesidad de revolver vidas íntimas que poco me importan y mucho menos me divierten. Tal vez, solo me entretienen.

Como el otro día, frente al celular de una muchacha que preocupada tecleaba sin sentido en el colectivo. Notar que ante la ausencia de páginas impresas disfruta narrando delante de mis narices términos como "desición" o "hiba". Sin siquiera tener ni un pequeño interés en aquello frente a mis ojos, al no tratarse de un libro, un diario, un apunte universitario coloreado de verde, sentir despertar en mi cuerpo la peor de las iras "hulkeanas". Ver mis brazos cambiar de color sin siquiera mover un músculo, palpar entre mis cejas el profundo deseo de gritarle con violencia de cavernícola que aquello está mal. Que nunca las convenciones de gramática permitirían tan desparrame de ignorancia humana. Que nunca podría respetar una persona con tanta falta de criterio humano no animal.

Pero ante un grito que se ahoga en mi garganta, analizar con detenimiento y comprender que cada uno de nosotros nos equivocamos. Menos yo. Salvo cuando estoy despierto.