El Existencialismo es un Humanismo, Jean-Paul Sartre
jueves, 6 de junio de 2013
"El existencialista suele declarar que el hombre es angustia. Esto significa que el hombre que se compromete y que se da cuenta de que es no sólo el que elige ser, sino también un legislador, que elige al mismo tiempo que a sí mismo a la humanidad entera, no puede escapar al sentimiento de su total y profunda responsabilidad"
miércoles, 29 de mayo de 2013
Pasaje en reposo
Sentado en su sitio, como todas aquellas largas tardes de primavera, pensando en cuestiones que no hacen más que hacerlo sentir por demás desorientado, raro, inútil. Difícil simpatizar cuando se pasa gran parte del día frente a aquel monótono computador, ajeno a todo aquello que “debe” hacer, lejos de aquello que él desea. Inconsciente o tal vez conscientemente aunque ajeno, solo porque por formar parte de aquella realidad que no elige pero le sienta cómodo y lo obliga a mantener ocupado su mente para no caer en todas aquellos otras realidades posibles (o imposibles, según marche la jornada).
Perdido siente el rumbo de los minutos que ceden al desamparo de su mirada. Perdido también cuenta las horas, los días, los años que faltan para que todo ello cambie; temerario de enfrentar ese otro sentimiento inoportuno de incansable desgano, intranquila desolación, aburrida tristeza. El mate otro fiel compañero, la yerba que de tanto en tanto necesita una renovación (como el espíritu, piensa entre suspiro y cebada), la radio encendida con voces que no buscan entenderlo, y algunos compañeros que aunque intenten, siguen y seguirán siendo muy diferente a él.
Soñador, con ansias de sabiduría, inexperto con las mujeres, torpe al orar entre amigos, sin duda un espécimen de los millones que rondan el esférico. Por mucho que intente sentirse especial sabe que, por cuanto tantos han intentado, son pocos los que han triunfado. De buena o mala manera, rememora a aquella gente que aparece en la televisión acusando extraños de inoperantes con fundamentes nulos y caen en el abismo ante la falta absoluta de ideas y a aquellos que por el sólo hecho de figurar caen en lo más burdo de su ser y se desnuda frente a morbosos espectadores que se alegrarán ante sus lagrimales y buscaran satisfacer su cuota mensual de “al menos no me pasa lo que a este” (siempre despectivamente, claro está). Y ni hablar de los políticos, esa jauría que admira pero no llega a entender; esa psicodelia de hombres excusados en un cambio por aquello que dicen creer y solo continúan la lucha por acrecentar su poder, dejando a un lado razones, sentimientos, pasiones mismas por llegar a ser algo antes de viejos. Escoltados bajo un tren de dinero, solo ven estaciones repletas de carroña, de intereses y personas aún más temibles que el peor villano de Hollywood.
Acostumbrado, admira en si esa facilidad que tiene para irse por las ramas, tanto como la simplicidad que tiene para, oculto bajo una especie de falsa humildad, amar de si más de lo que odia y no entender cómo pocos lo hacen.
Incómodo advierte que es repudiado, compadecido o querido por grandes cantidades. No es fácil ser una buena persona estos días: callar para no continuar con una discusión absurda, pedir perdón cuando crees que aún estás correcto, sentir tristeza por esa gente a tu lado que no goza de lo misma que uno, no diferenciar a las personas por su aura materialista (un tema que busca la guerra en repetidas ocasiones).
Cansado de pequeños fracasos que su mente opta por amplificador al punto de ser aterradores como la muerte o el hambre, o disminuir y ceder ante un paso ínfimo. Son esas primeras ocasiones en las que ve una mancha negra que recorre su cuello lentamente implantándole desgarradoras ganas de no sentir más, desciende por su espalda hasta sus extremidades impidiendo su movimiento y allí reposa, horas y horas, acechando a cualquier ser que atraviese su rumbo, acosando a sus propias convicciones, atacando cada duda en su interior, cada inútil esfuerzo, cada síndrome de macabra soledad, cada palabra.
A medida que las horas pasan entiende a la sociedad de manera diferente, por ahora es el turno de la comparación con una hamaca. Considera que la misma fuerza con la que uno lo logra ascender, en algún aspecto, es la misma con la que caerá nuevamente. Que el ciclo perfecto es absurdo y pernicioso, el mismo envión que logra llevarte hacia la cima toma tus piernas de manera despiadada y arroja tu cuerpo otra vez hacia abajo para volver a subir. Son muchos los que, a lo largo de la vida logran mantener esa fuerza y superar la altura alcanzada pasada la caída anterior. Sabe que son otros que apenas si pueden mantener la hamaca en movimiento, y ve que son pocos los que esperan el gran envión para saltar de aquella carcelaria hamaca hacia un destino incierto, lejos de mucho a lo que se han acostumbrado, y cerca de un porvenir que puede resultar el peor Jaque Mate de sus vidas.
Se burla de los libros de auto ayuda y de los psicólogos, aunque no deja de fraternizarse con cualquier simple melodía que cruce sus oídos. La analiza, la siente, vibra, la vierte en un sinfín de posibilidades hasta encontrarle su punto más delicado. Imagina los motivos del artista, las compara con sus experiencias de vida, sus fantasías y decadencias. Motiva miles de imágenes mentales de amigos, fronteras, posibilidades. Experimenta lo profundo del silencio y lo magnífico de cada instrumento. Prácticamente, la música es lo que le permite sobrellevar la rutina maliciosa en la que solo se ha metido y ha quedado atrapado. Añora ese momento de paz en que, entre sonidos disfruta un hermoso gran sol, algunas nubes y un mundo redondo que continúa girando: con o sin él, pero continua girando.
Al hablar de la vertiente de pensamientos, recae sobre su espalda el valor que posee cada pregunta que realiza. La escupe ante ajenos que en ocasiones se aburren de escuchar su voz cubierta de otra duda (probablemente obvia o probablemente no). Se enfrenta a la posibilidad de recibir una respuesta emocionante que le otorgue dulzura a un día que quizás no tenga mucho más para enseñarle. De esa manera, cree que al haber aprendido una palabra, una frase o una idea que, puede hasta no considerarla correcta, pero la siente suya: parte de lo que no piensa pero entiende. Entiende por analítico, entiende por rebuscado, entiende por haber intentado escuchar, entiende porque le permitirá seguir pensando por muchas más horas allí, sentado en su sitio.
Perdido siente el rumbo de los minutos que ceden al desamparo de su mirada. Perdido también cuenta las horas, los días, los años que faltan para que todo ello cambie; temerario de enfrentar ese otro sentimiento inoportuno de incansable desgano, intranquila desolación, aburrida tristeza. El mate otro fiel compañero, la yerba que de tanto en tanto necesita una renovación (como el espíritu, piensa entre suspiro y cebada), la radio encendida con voces que no buscan entenderlo, y algunos compañeros que aunque intenten, siguen y seguirán siendo muy diferente a él.
Soñador, con ansias de sabiduría, inexperto con las mujeres, torpe al orar entre amigos, sin duda un espécimen de los millones que rondan el esférico. Por mucho que intente sentirse especial sabe que, por cuanto tantos han intentado, son pocos los que han triunfado. De buena o mala manera, rememora a aquella gente que aparece en la televisión acusando extraños de inoperantes con fundamentes nulos y caen en el abismo ante la falta absoluta de ideas y a aquellos que por el sólo hecho de figurar caen en lo más burdo de su ser y se desnuda frente a morbosos espectadores que se alegrarán ante sus lagrimales y buscaran satisfacer su cuota mensual de “al menos no me pasa lo que a este” (siempre despectivamente, claro está). Y ni hablar de los políticos, esa jauría que admira pero no llega a entender; esa psicodelia de hombres excusados en un cambio por aquello que dicen creer y solo continúan la lucha por acrecentar su poder, dejando a un lado razones, sentimientos, pasiones mismas por llegar a ser algo antes de viejos. Escoltados bajo un tren de dinero, solo ven estaciones repletas de carroña, de intereses y personas aún más temibles que el peor villano de Hollywood.
Acostumbrado, admira en si esa facilidad que tiene para irse por las ramas, tanto como la simplicidad que tiene para, oculto bajo una especie de falsa humildad, amar de si más de lo que odia y no entender cómo pocos lo hacen.
Incómodo advierte que es repudiado, compadecido o querido por grandes cantidades. No es fácil ser una buena persona estos días: callar para no continuar con una discusión absurda, pedir perdón cuando crees que aún estás correcto, sentir tristeza por esa gente a tu lado que no goza de lo misma que uno, no diferenciar a las personas por su aura materialista (un tema que busca la guerra en repetidas ocasiones).
Cansado de pequeños fracasos que su mente opta por amplificador al punto de ser aterradores como la muerte o el hambre, o disminuir y ceder ante un paso ínfimo. Son esas primeras ocasiones en las que ve una mancha negra que recorre su cuello lentamente implantándole desgarradoras ganas de no sentir más, desciende por su espalda hasta sus extremidades impidiendo su movimiento y allí reposa, horas y horas, acechando a cualquier ser que atraviese su rumbo, acosando a sus propias convicciones, atacando cada duda en su interior, cada inútil esfuerzo, cada síndrome de macabra soledad, cada palabra.
A medida que las horas pasan entiende a la sociedad de manera diferente, por ahora es el turno de la comparación con una hamaca. Considera que la misma fuerza con la que uno lo logra ascender, en algún aspecto, es la misma con la que caerá nuevamente. Que el ciclo perfecto es absurdo y pernicioso, el mismo envión que logra llevarte hacia la cima toma tus piernas de manera despiadada y arroja tu cuerpo otra vez hacia abajo para volver a subir. Son muchos los que, a lo largo de la vida logran mantener esa fuerza y superar la altura alcanzada pasada la caída anterior. Sabe que son otros que apenas si pueden mantener la hamaca en movimiento, y ve que son pocos los que esperan el gran envión para saltar de aquella carcelaria hamaca hacia un destino incierto, lejos de mucho a lo que se han acostumbrado, y cerca de un porvenir que puede resultar el peor Jaque Mate de sus vidas.
Se burla de los libros de auto ayuda y de los psicólogos, aunque no deja de fraternizarse con cualquier simple melodía que cruce sus oídos. La analiza, la siente, vibra, la vierte en un sinfín de posibilidades hasta encontrarle su punto más delicado. Imagina los motivos del artista, las compara con sus experiencias de vida, sus fantasías y decadencias. Motiva miles de imágenes mentales de amigos, fronteras, posibilidades. Experimenta lo profundo del silencio y lo magnífico de cada instrumento. Prácticamente, la música es lo que le permite sobrellevar la rutina maliciosa en la que solo se ha metido y ha quedado atrapado. Añora ese momento de paz en que, entre sonidos disfruta un hermoso gran sol, algunas nubes y un mundo redondo que continúa girando: con o sin él, pero continua girando.
Al hablar de la vertiente de pensamientos, recae sobre su espalda el valor que posee cada pregunta que realiza. La escupe ante ajenos que en ocasiones se aburren de escuchar su voz cubierta de otra duda (probablemente obvia o probablemente no). Se enfrenta a la posibilidad de recibir una respuesta emocionante que le otorgue dulzura a un día que quizás no tenga mucho más para enseñarle. De esa manera, cree que al haber aprendido una palabra, una frase o una idea que, puede hasta no considerarla correcta, pero la siente suya: parte de lo que no piensa pero entiende. Entiende por analítico, entiende por rebuscado, entiende por haber intentado escuchar, entiende porque le permitirá seguir pensando por muchas más horas allí, sentado en su sitio.
miércoles, 22 de mayo de 2013
Amor a la sabiduría
Tú lograste encontrar la sintonía y reacomodar tus prioridades. Al Atravesar los peldaños de la incontinencia desterraste remordimientos.
Ese extraño ser que revienta contra su inestable imaginación supo desparramar tus palabras entre la almohada aún caliente. Esa inoportuna idea surgida frente a ráfagas de inspiración perdió todo su valor al contacto con tus labios y murió avergonzada al nunca haber sido.
Confundido, mi antigua alma (mis ideas, no mi dudoso espíritu) aprendió a valorar el reflejo de aquel misterioso ente que, ante el solo hecho de existir, ya formó parte de este apagado mundo de conceptos. En resonancia, además, reconoció a esa silueta destellante flotando en un manso río, la misma que barrió el polvo de tu rastro invaluable; y notó, en pleno proceso de unión de moléculas, que a pesar del constate cambió, él era yo.
Un "yo" de aquel entonces que por lejos no es el "yo" de ahora, que tampoco será el mismo que supo escribir las palabras que nunca leerás.
Esto que soy, el que desdeña dolorido la fragancia de tus dedos y continúa en la lucha por abandonar la joroba de tus confusos valores.
La unión propuesta, como la suelta amarra que te ataba a mis conocimientos, como el nihilismo de un dios agonizante, perdió su rumbo al encontrar imposible abrazar tu cuerpo de igual manera. Tal y como lo había hecho segundos atrás.
Por eso es que en el mismo papel que convertiré en cenizas divulgaré mis ambiguas palabras y transformaré para siempre los retazos de desencuentro que alguna vez luche por enseñarte. Injustificada serán esas contradicciones, tal vez, pero, privado de mi libertad mental, he perdido los verdaderos razonamientos. Buscarán las razones para convertirme en loco, castigarán mi sangre entre grandes barrotes, pero nunca encontraran estas confesiones y mucho menos lograran envenenar esto que flota en mi mente.
Ese extraño ser que revienta contra su inestable imaginación supo desparramar tus palabras entre la almohada aún caliente. Esa inoportuna idea surgida frente a ráfagas de inspiración perdió todo su valor al contacto con tus labios y murió avergonzada al nunca haber sido.
Confundido, mi antigua alma (mis ideas, no mi dudoso espíritu) aprendió a valorar el reflejo de aquel misterioso ente que, ante el solo hecho de existir, ya formó parte de este apagado mundo de conceptos. En resonancia, además, reconoció a esa silueta destellante flotando en un manso río, la misma que barrió el polvo de tu rastro invaluable; y notó, en pleno proceso de unión de moléculas, que a pesar del constate cambió, él era yo.
Un "yo" de aquel entonces que por lejos no es el "yo" de ahora, que tampoco será el mismo que supo escribir las palabras que nunca leerás.
Esto que soy, el que desdeña dolorido la fragancia de tus dedos y continúa en la lucha por abandonar la joroba de tus confusos valores.
La unión propuesta, como la suelta amarra que te ataba a mis conocimientos, como el nihilismo de un dios agonizante, perdió su rumbo al encontrar imposible abrazar tu cuerpo de igual manera. Tal y como lo había hecho segundos atrás.
Por eso es que en el mismo papel que convertiré en cenizas divulgaré mis ambiguas palabras y transformaré para siempre los retazos de desencuentro que alguna vez luche por enseñarte. Injustificada serán esas contradicciones, tal vez, pero, privado de mi libertad mental, he perdido los verdaderos razonamientos. Buscarán las razones para convertirme en loco, castigarán mi sangre entre grandes barrotes, pero nunca encontraran estas confesiones y mucho menos lograran envenenar esto que flota en mi mente.
martes, 7 de mayo de 2013
De dudas y ensueños
Mancharé mis miedos con el goteo de las siguientes palabras
que arrastraran en desacuerdo una docena de imposibilidades. En cada obsesiva
frase resurgirán tus ideales para acrecentar las dificultades que me trae
recordarte. He aprendido a morir bajo tus tonos deshilachados, y sobre tus
sábanas aún estiradas. También conservé tus desvanes y tus inconcordancias. Una
flamante noche, mientras se opaca la última estrella, determinaré las pausas
que faltan para volver a enfrentarte. Esta vez, estará todo planeado como desde
el primer día. Nada podría quedar librado para escupir las más intrépidas
dolencias. Si bien, más de un fracaso se acumula en un baúl de olvidos, una
leve sonrisa de un reflejo desconocido me confía que la melodía suena
diferente. Risas de fantasmas se adhieren al sentimiento de negación y de entre
miles de cerrojos que labios supieron guarecerse. Supe suspirar la eternidad de
la noche, pero abracé alocados días de construcción de mentiras. Si el sol,
cauteloso, aprendió a cubrir de rayas una descalza mirada; si el tinte de
paredes descascaradas se cubrió del velo de una frase de esperanza; yo,
ocultando una sonrisa develadora, llegaré a amanecer entre tus brazos.
lunes, 6 de mayo de 2013
miércoles, 24 de abril de 2013
domingo, 14 de abril de 2013
"El hombre no es más que un junco, el más débil de la naturaleza, pero un junco que piensa. No es necesario que el universo entero se arme para aplastarle. Un vapor, una gota de agua, son bastante para hacerlos perecer. Pero, aun cuando el Universo le aplastara, el hombre sería más noble que lo que le mata, porque él sabe que muere. Y la ventaja que el Universo tiene sobre él, el Universo no la conoce."
Blaise Pascal (1623 - 1662)
Blaise Pascal (1623 - 1662)
jueves, 4 de abril de 2013
De viaje 2
Si el lugar deseado y las personas correctas se uniesen en un espejismo de cielo y ramas, la real percepción de la vida cruzaría como el aire por el surco vacío del propio ser humano.
Los cimientos de revelación de un macabro circo temblarían en el desvelo de la inusual orgía de sensaciones.
A veces con palabras, a veces muertas como fruta seca.
El amor, pasajero empedernido en la racionalización de ideas, se acerque a cubrir de musgo algunas libertades y de ensueño a otras mentes cobardes.
Cobrarán vida las rocas en los agujeros del entretenimiento dulce, se olerán los misterios de la empatía y el nadar de atareados peces licenciados del silencio.
No serán, pues, las gotas las que sientan la insegura fortaleza de sus suspiros. Ni mucho menos las compañías.
El vuelo de historias colectivas derretirá las fundidas brazas y atraparán las delicias de la eternidad. Y así, sin más, forjando pintadas en los recuerdos se distribuirá la experiencia. Esa de necesitar el lugar indicado y las personas correctas.
Los cimientos de revelación de un macabro circo temblarían en el desvelo de la inusual orgía de sensaciones.
A veces con palabras, a veces muertas como fruta seca.
El amor, pasajero empedernido en la racionalización de ideas, se acerque a cubrir de musgo algunas libertades y de ensueño a otras mentes cobardes.
Cobrarán vida las rocas en los agujeros del entretenimiento dulce, se olerán los misterios de la empatía y el nadar de atareados peces licenciados del silencio.
No serán, pues, las gotas las que sientan la insegura fortaleza de sus suspiros. Ni mucho menos las compañías.
El vuelo de historias colectivas derretirá las fundidas brazas y atraparán las delicias de la eternidad. Y así, sin más, forjando pintadas en los recuerdos se distribuirá la experiencia. Esa de necesitar el lugar indicado y las personas correctas.
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viajando
viernes, 1 de marzo de 2013
Irracional
Explotó para volver a sentir parte de la percepción de causa y efecto. Soltó al cinismo la piel descascarada de su pasado irrisorio. Sigiloso, vengativo, con sed de quiebre, salpicó con constancia la firmeza de la enorme piedra que relucía verde bajo un acantilado de estrellas. Enjuagó sus manos manchadas de culpa, y acariciando el suave charco espantó de la superficie la felicidad espontánea. Tembló en la intemperie, como hacía tiempo no lo hacía, y perdió su mirada en el suave bosque a espaldas del furioso acantilado. Vibrando al viento, acalambrado de músculos, hirviendo de fiebre artificial, cerró sus ojos con violencia a la oscuridad del silencio. Sus hombros cargaron la euforia de una pesada noche y parecía que todo su cuerpo habría de desquebrajarse. Su mente ya había fracasado.
Relleno de espanto, tieso, contrajo sus dedos y pellizco sus palmas en la batalla contra las mil imágenes de una reciente batalla. Golpes del inconsciente, desesperado instinto de idiosincrasia machista, inmaculada sensación de superioridad física y amedrentada tragedia. Los revuelos de aquel monstruo agujerearon sus recuerdos y logró acompañar sus rodillas hasta lo efímero de un suelo viscoso y húmedo. Un agresivo espasmo lo invitó a levantarse, y tras un giro sintió el corte en las ataduras de pies y manos. Vivió en carne propia la distancia del miedo y el recuerdo de alguna profunda verdad. Desapareció en la aguerrida noche estrellada hasta lo absurdo del abismo, para abrir sus manos a la profundidad del mar. Se recubrió de cenizas de soledad de aquello que había sabido construir entre su miseria y su deserción social.
Descubrió, tras su endemoniada sonrisa, que había destruido su inocencia. Había viajado al espacioso sentimiento de libertad. Había vencido a su propia ilusión y abandonado su blanco cubículo. Había caído estrepitosamente al infinito de aguas y piedras.
Se cubrió en desprecio, abandonó su traje blanco y se deshizo en la noche estrellada. Habíase librado de su cuerda inconstancia y por única vez, encontrado la salvación sin ella.
Relleno de espanto, tieso, contrajo sus dedos y pellizco sus palmas en la batalla contra las mil imágenes de una reciente batalla. Golpes del inconsciente, desesperado instinto de idiosincrasia machista, inmaculada sensación de superioridad física y amedrentada tragedia. Los revuelos de aquel monstruo agujerearon sus recuerdos y logró acompañar sus rodillas hasta lo efímero de un suelo viscoso y húmedo. Un agresivo espasmo lo invitó a levantarse, y tras un giro sintió el corte en las ataduras de pies y manos. Vivió en carne propia la distancia del miedo y el recuerdo de alguna profunda verdad. Desapareció en la aguerrida noche estrellada hasta lo absurdo del abismo, para abrir sus manos a la profundidad del mar. Se recubrió de cenizas de soledad de aquello que había sabido construir entre su miseria y su deserción social.
Descubrió, tras su endemoniada sonrisa, que había destruido su inocencia. Había viajado al espacioso sentimiento de libertad. Había vencido a su propia ilusión y abandonado su blanco cubículo. Había caído estrepitosamente al infinito de aguas y piedras.
Se cubrió en desprecio, abandonó su traje blanco y se deshizo en la noche estrellada. Habíase librado de su cuerda inconstancia y por única vez, encontrado la salvación sin ella.
martes, 5 de febrero de 2013
De paso por los años
- ¡Cobardes! - gritó el viejo mientras observaba a un grupo
de niños perderse en la esquina y cerraba la puerta de calle. Ya se había
acostumbrado al divertimento del ring-raje, y disfrutaba casi de igual manera
que aquellos chiquitos. "Cobardes", gritaba cada vez que esto
sucedía, y ya, después de tantos años, había olvidado el significado mismo de
esa palabra. Al menos el real formalismo que alguna vez en su larga vida había
sabido darle.
La risa del jovial chascarrillo desapareció y la sonrisa de
pocos amigos había vuelto a adueñarse del gesto triste debajo de la maraña de
pelo blanco y enredado. No resignó tiempo a identificar nuevamente a cada uno
de los pequeños que solían disfrutar viéndolo asomarse amargado en su antigua
bata color beige y sus chancletas de algodón haciendo juego: hijos de antiguos
jóvenes del barrio que bien han sabido ser amigos de su propio hijo.
Al pensar eso, su mente hizo una pausa (Pasados los 80 años
su mente le había regalado una nueva gracia, la de hacer una pausa. Era como si
por un segundo quedase titilando como el botón de encendido del televisor y
luego pusiese en marcha un trocito del inconsciente para recordarle sucesos aún
activos).
¿Qué será de la vida de mi hijo?, se atolondró mientras
atravesaba el oscuro living y evadía los pies de los sillones colocados
estratégicamente para no reavivar su torpeza. Supongo que debe estar ocupado
trabajando, porque hace días que no llama. Otra pausa mental. Cuando su
primogénito lo llamase disfrutaría haciendo una pequeña escena abandónica (a
pesar de que solo dos días había pasado desde su última comunicación), que
terminaría en un pequeño suspiro cariñoso y en una invitación a cenar con los
nietos.
"Ya es un tipo importante, mi'hijo, ¿ve? Ya no necesita
consejos. Es muy independiente" Repetía con un orgullo hiriente el sábado
por la tarde en el club de jubilados mientras estas punzantes palabras lo
retrotraían a la absurda pero intrépida ilusión de ya no sentirse útil para su
familia.
Terminada la travesía a través del living que hacía algún
tiempo había dejado de ser "salón de estar" y convertido en un
invaluable museo; utilizando el marco de la puerta como fornido sostén, se
impulsó hacia la cocina. Ese pequeño cubículo de pocos metros donde pasaba gran
parte de sus días compenetrado en lo que la colorida pantalla tenía para
ofrecerle. Con el volumen fuerte que retumbaba a través de la heladera,
cruzando la mesa que atravesaba el salón, golpeando el mueblecito donde
reposaban vasos, cubiertos y encima un anticuado microondas, y finalizaba en el
horno y la pileta de lavar los platos que siempre tenía algo esperando a ser
enjuagados. ¿Quién me va a venir a decir ahora que no debo arrastrar los pies?,
¿Quién me va a obligar a lavar los trastos sucios?, pensaba casi en voz alta.
Se dejó caer en la silla que ya no enfrentaba la mesa, sino al
22 pulgadas; escupió un clásico "uff, la pucha", que explota en
significados pasados pero caducaba de ideas presentes, y entrelazó entre sus
dedos su arma secreta: el control remoto.
Su mandíbula separada permitía el ingreso de aire más fácil
a sus oxidados pulmones y relajaba esa necesidad de no pensar mientras
disfrutaba un partido de dos equipos que todavía no había reconocido. Con nombres
como Lozano, Hernández, Ramos, el equipo de camiseta blanca acababa de
convertir un gol después de muchos rebotas y zambullidas en el área, y el
locutor destacaba la burrada del arquero mientras se enfocaba en primer plano
la cara de derrota de los jugadores de camiseta azul y bordó, y una espalda que
relucía un gran once y el nombre Rubén García. Al parecer en apenas 15
minutos habían pasado a perder por uno y
estaban en problemas.
El reloj marcaba las 5 de la tarde, y el locutor se relamía
mientras aclaraba que "con éste resultado el Valencia se estaría
clasificando inmediatamente a la Liga de Campeones, mientras que el Levante
debe de conformarse con luchar la UEFA”.
Continuaba el horario de la siesta aunque se conformase con
palpitar el horario de la merienda.
Arrastró su pesado cuerpo alrededor de la mesa, colocó la
pava en el fuego mientras tomaba una pequeña tasa vacía y un saquito de té de
tilo (lejos de tranquilizarlo, le traía a la memoria sus tardes en familia con
sus retrógrados padres y su difunta mujer). Volvió a acomodar el almohadón en
la silla, y despotricó por la necesidad de hacerlo cada vez que se sentaba. Inmediatamente
apagó la televisión con un ágil movimiento de muñeca sobre el control remoto.
Miró desde arriba la tasa con el té casi transparente y cerró sus ojos para
rellenarse de recuerdos.
Suspiró profundo y el vapor recorrió todos sus pulmones.
Encontró la pena del sentimiento de aquel que todo lo sabe. Levantó la tasa al
aire sin remordimiento, y como hacía más de 80 años, volvió a quemarse la
lengua.
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Cuento corto,
escribir aunque a nadie le importe
domingo, 3 de febrero de 2013
— No... ya sé lo que usted cree... pero escúcheme... yo no estoy loco. Hay una verdad, sí... y es que yo sé que siempre la vida va a ser extraordinariamente linda para mí. No sé si la gente sentirá la fuerza de la vida como la siento yo, pero en mí hay una alegría, una especie de inconsciencia llena de alegría. (...) Lo que hay, es que esas cosas uno no se las puede decir a la gente. Lo tomarían por loco. Y yo me digo: ¿qué hago de esta vida que hay en mí? Y me gustaría darla... regalarla... acercarme a las personas y decirles: ¡Ustedes tienen que ser alegres!, ¿saben?, tienen que jugar a los piratas... hacer ciudades de mármol... reírse... tirar fuegos artificiales.
El Juguete Rabioso, Roberto Arlt
lunes, 28 de enero de 2013
Planeador
Se despliega en la elegancia del celeste cielo de un entrado verano el reflejo de un pequeño cometa. Azul y blanco, en forma de "V", con pequeñas solapas de tela que fluyen en sus vértices.
A través de dos largas cuerdas la inmortalidad de un niño que sostiene en cada mano un manillar de madera. El viento sopla constante y caliente del norte mientras el sol cae con gran velocidad. Aunque ésto poco le importa al piloto. Debajo de la sombra del artefacto en vuelo, el mundo: miles de personas arrastrando un pasado, intranquilas; pisadas en la arena de decenas de seres con infinidades de ideas y oportunidades.
El cometa mantiene su vuelo guiado por el par de ojos repletos de concentración. Los pies destruyen un montículo y se clavan en la arena como anclas. Por hoy, nada se interpone entre las pequeñas manos y la eternidad.
La maniobra de funcionamiento parece tan simple como esa sonrisa infantil y su flequillo en movimiento. Si tiro con firmeza del piolín en mi brazo derecho, el giro del planeador será con violencia hacia ese lado. Lo mismo sucede con mi otro brazo. Si torpemente pierde altura alzo ambas manos separadas y tiro para evitar que toque el suelo. El roce con la arena lo tumbaría inmediatamente.
La ecuación es muy básica y parece un juego de niños. Lo es. Como salvación de cualquier ser humano, este sentido común en la mecánica jugaría un papel fundamental, pero para ese niño feliz, el vuelo del cometa se convertirá en un proyecto de prueba y error. Importantísimo. Incomparable. Y si éste cae al suelo siempre habrá alguien dispuesto a ayudarlo con esperanza y palabras de aliento.
Para el adulto, el sentido común de esa práctica lo llevará hacia otro extremo. Se cubrirá de terror y espanto ante del crujido de algún problema nuevo. LLorará desconsolado y perderá el rumbo del instante.
Y entonces solo aparece un miedo, también en el nene: la hora de irse.
A través de dos largas cuerdas la inmortalidad de un niño que sostiene en cada mano un manillar de madera. El viento sopla constante y caliente del norte mientras el sol cae con gran velocidad. Aunque ésto poco le importa al piloto. Debajo de la sombra del artefacto en vuelo, el mundo: miles de personas arrastrando un pasado, intranquilas; pisadas en la arena de decenas de seres con infinidades de ideas y oportunidades.
El cometa mantiene su vuelo guiado por el par de ojos repletos de concentración. Los pies destruyen un montículo y se clavan en la arena como anclas. Por hoy, nada se interpone entre las pequeñas manos y la eternidad.
La maniobra de funcionamiento parece tan simple como esa sonrisa infantil y su flequillo en movimiento. Si tiro con firmeza del piolín en mi brazo derecho, el giro del planeador será con violencia hacia ese lado. Lo mismo sucede con mi otro brazo. Si torpemente pierde altura alzo ambas manos separadas y tiro para evitar que toque el suelo. El roce con la arena lo tumbaría inmediatamente.
La ecuación es muy básica y parece un juego de niños. Lo es. Como salvación de cualquier ser humano, este sentido común en la mecánica jugaría un papel fundamental, pero para ese niño feliz, el vuelo del cometa se convertirá en un proyecto de prueba y error. Importantísimo. Incomparable. Y si éste cae al suelo siempre habrá alguien dispuesto a ayudarlo con esperanza y palabras de aliento.
Para el adulto, el sentido común de esa práctica lo llevará hacia otro extremo. Se cubrirá de terror y espanto ante del crujido de algún problema nuevo. LLorará desconsolado y perderá el rumbo del instante.
Y entonces solo aparece un miedo, también en el nene: la hora de irse.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Realismo mágico .
Nunca fuiste tan real. Para mí. Como aquel día que prometiste que todo habría terminado. Como aquella luna que me transporto hacía el vacío del sueño. Como una mancha en mis silencios.
Nunca fuiste tan real. Como esa lágrima que despidió la ventana del colectivo. Como la crisis de otra ola que atravesó un cúmulo de piedras y arena. Solo el riego de una flor de plástico, o un sentimiento de podredumbre.
Desaparece en algún lado el derrotero puñal y se aloja la idea de inactividad y desgano. El cielo brilla como condenado eternamente. Las nubes desorientadas en su rutina cambian de forma, altura, y mueren para volver a nacer. Como veneno se cierran mis venas y pierden la cordura. Flotan las palabras. Pero la gravedad siempre gana.
Arrastra su inocencia y explota la culpa. Vierte como granizo cada partícula de necesidad. Pero nunca fuiste tan real, por eso la gravedad siempre gana.
Nunca fuiste tan real. Como esa lágrima que despidió la ventana del colectivo. Como la crisis de otra ola que atravesó un cúmulo de piedras y arena. Solo el riego de una flor de plástico, o un sentimiento de podredumbre.
Desaparece en algún lado el derrotero puñal y se aloja la idea de inactividad y desgano. El cielo brilla como condenado eternamente. Las nubes desorientadas en su rutina cambian de forma, altura, y mueren para volver a nacer. Como veneno se cierran mis venas y pierden la cordura. Flotan las palabras. Pero la gravedad siempre gana.
Arrastra su inocencia y explota la culpa. Vierte como granizo cada partícula de necesidad. Pero nunca fuiste tan real, por eso la gravedad siempre gana.
viernes, 26 de octubre de 2012
Desde el vamos .
Profetizó el muro y lo construyó pieza por pieza. Tomó de la mano a su real compañera y sacudió su hombro con el aire nervioso y temerario que lo caracterizaba.
Fijó la mirada en los verdes ojos que sobre una enorme mueca de felicidad relucían, y hasta parecían más bellos y destellantes que cualquier tiempo pasado; y rascó con suavidad su propia cabeza. Tal vez este acto forzaba a que sus pensamientos se establecieran en ideas. Quizás simplemente añoraba derramar en su aliento todas las palabras que contempló perderse en circunstanciales tempestades.
El extenso instante pasó y nada pareció tener un sentido, aunque todo continuó siendo demasiado real: ella frente a él. Sonriendo. Imperfecta. Llena de fantasías. Realidades. Sueños. Alegría. Tan extraordinaria al silencio de la brisa nocturna. Tan especial bajo un cielo sin estrellas. Tapando cualquier sonido con su respiración. Sorprendida y expectante pero inmune y disfrutando del olor a estupidez enamorada que aquel hombre desparramaba al aire.
Él, a centímetros de sus labios, vomitando frases sin sentido que buscaron encontrar un rumbo hacia el presente. Descompuesto en largos adjetivos que detallaron un siglo de naufragios y colapsos. Se describió, se apuñaló, y se perdió en vergüenza pero sin la menor intención de continuar hablando de sí mismo.
Perdido. Nunca tan perdido. Nunca tan estúpido, demente o dicharachero. Nunca tan fascinado y agradecido de hacerse mil preguntas sin respuestas, mil promesas incumplidas e imaginar momentos como ese.
Sostuvo en una mano el contacto con sus interminables dedos, con ella una porción de esperanza y un mundo que no necesitaba explicaciones. En la otra, clamó un puñado de inseguridades que no huirían con facilidad: que tal vez aprenda a callarlos y conservar la calma. Quizás busque enfrentarlos como Teseo a un Minotauro rendido y acorralado, pero siempre bajo el riesgo de quedarse atrapado en un laberinto de incongruencias.
El silencio verborrágico nunca encontró su lugar y tras largos suspiros observó la valentía en sus bolsillos. Rechazó todo manual de conquistas y cayó cansado ante una conjunción de letras antes desconocidas. Apretó ambos puños, atrapando con firmeza una de sus manos, abandonó el amparo del secreto de sus ojos y sintió su cuerpo enflaquecerse al pronunciar con esmero una frase hecha y mal interpretada: "al fin te encontré".
Se dieron lugar a una pausa, a una corriente helada por la espalda, a un par de ojos que se encontraron y la sorpresa de unos labios que determinaron que aquel momento pasaría a ser eterno.
Fijó la mirada en los verdes ojos que sobre una enorme mueca de felicidad relucían, y hasta parecían más bellos y destellantes que cualquier tiempo pasado; y rascó con suavidad su propia cabeza. Tal vez este acto forzaba a que sus pensamientos se establecieran en ideas. Quizás simplemente añoraba derramar en su aliento todas las palabras que contempló perderse en circunstanciales tempestades.
El extenso instante pasó y nada pareció tener un sentido, aunque todo continuó siendo demasiado real: ella frente a él. Sonriendo. Imperfecta. Llena de fantasías. Realidades. Sueños. Alegría. Tan extraordinaria al silencio de la brisa nocturna. Tan especial bajo un cielo sin estrellas. Tapando cualquier sonido con su respiración. Sorprendida y expectante pero inmune y disfrutando del olor a estupidez enamorada que aquel hombre desparramaba al aire.
Él, a centímetros de sus labios, vomitando frases sin sentido que buscaron encontrar un rumbo hacia el presente. Descompuesto en largos adjetivos que detallaron un siglo de naufragios y colapsos. Se describió, se apuñaló, y se perdió en vergüenza pero sin la menor intención de continuar hablando de sí mismo.
Perdido. Nunca tan perdido. Nunca tan estúpido, demente o dicharachero. Nunca tan fascinado y agradecido de hacerse mil preguntas sin respuestas, mil promesas incumplidas e imaginar momentos como ese.
Sostuvo en una mano el contacto con sus interminables dedos, con ella una porción de esperanza y un mundo que no necesitaba explicaciones. En la otra, clamó un puñado de inseguridades que no huirían con facilidad: que tal vez aprenda a callarlos y conservar la calma. Quizás busque enfrentarlos como Teseo a un Minotauro rendido y acorralado, pero siempre bajo el riesgo de quedarse atrapado en un laberinto de incongruencias.
El silencio verborrágico nunca encontró su lugar y tras largos suspiros observó la valentía en sus bolsillos. Rechazó todo manual de conquistas y cayó cansado ante una conjunción de letras antes desconocidas. Apretó ambos puños, atrapando con firmeza una de sus manos, abandonó el amparo del secreto de sus ojos y sintió su cuerpo enflaquecerse al pronunciar con esmero una frase hecha y mal interpretada: "al fin te encontré".
Se dieron lugar a una pausa, a una corriente helada por la espalda, a un par de ojos que se encontraron y la sorpresa de unos labios que determinaron que aquel momento pasaría a ser eterno.
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y así estamos
lunes, 1 de octubre de 2012
Se preguntó, como ya lo había hecho muchas veces, si no estaría loco. Quizás un loco era solo una "minoría de uno". Hubo una época en que fue señal de locura creer que la Tierra giraba en torno al sol: ahora, era locura creer que el pasado es inalterable. Quizá fuera él el único que sostenía esa creencia, y, siendo el único, estaba loco. Pero la idea de ser un loco no le afectaba mucho. Lo que le horrorizaba era la posibilidad de estar equivocado.
George Orwell, 1984
George Orwell, 1984
miércoles, 26 de septiembre de 2012
De pequeños a invertebrados.
La realidad se tornaba
compleja, incinerable. El inquebrantable movimiento horizontal parecía no
alejarse de su inestable suelo.
Sus zapatos deliraban entre la constante e impaciente vibración y sus ideas furtivas de comparaciones reaccionaban al cuestionarse sus metódicos conceptos de "saber como" o "no haber sabido".
La incuestionable y ofuscada deportación de ideales surgió ante el improvisto de verse dispensable para el cuadrado que acostumbraba. La facilidad de reemplazo, la notoria elaboración de excusas premeditadas para la posible suplantación de enredos por planificaciones de un nuevo modelo.
La meticulosa necesidad de verse envuelto en similitudes obligatorias abrieron un nuevo agujero en su concepción matemática de su futuro a corto plazo y como caída libre acosaría el cambio en su percepción del minuto como rebatimiento de un trecho sinuoso y desesperanzado.
El horizonte se alejaba como un espasmo, y el mareo de tierra acechaba al nuevo concepto digerido y aceptado.
El cambio supo ser tan brusco que trincó la perspectiva del sol cubriendo su indefinido rumbo y a la visión natural de una acumulación de algodón gris en aquella otra nube.
Todo enfureció cuando la silbadora ráfaga golpeó su indecisión de estrenar su nuevo descubrimiento, y sus rodillas cubrieron el pavimento de plegarias a un supuesto negocio sobrenatural que hacía décadas había abandonado.
Con sus dedos entrelazados y su frente rozando el suelo supo que era entonces que sucedería lo esperado.
Sus zapatos deliraban entre la constante e impaciente vibración y sus ideas furtivas de comparaciones reaccionaban al cuestionarse sus metódicos conceptos de "saber como" o "no haber sabido".
La incuestionable y ofuscada deportación de ideales surgió ante el improvisto de verse dispensable para el cuadrado que acostumbraba. La facilidad de reemplazo, la notoria elaboración de excusas premeditadas para la posible suplantación de enredos por planificaciones de un nuevo modelo.
La meticulosa necesidad de verse envuelto en similitudes obligatorias abrieron un nuevo agujero en su concepción matemática de su futuro a corto plazo y como caída libre acosaría el cambio en su percepción del minuto como rebatimiento de un trecho sinuoso y desesperanzado.
El horizonte se alejaba como un espasmo, y el mareo de tierra acechaba al nuevo concepto digerido y aceptado.
El cambio supo ser tan brusco que trincó la perspectiva del sol cubriendo su indefinido rumbo y a la visión natural de una acumulación de algodón gris en aquella otra nube.
Todo enfureció cuando la silbadora ráfaga golpeó su indecisión de estrenar su nuevo descubrimiento, y sus rodillas cubrieron el pavimento de plegarias a un supuesto negocio sobrenatural que hacía décadas había abandonado.
Con sus dedos entrelazados y su frente rozando el suelo supo que era entonces que sucedería lo esperado.
miércoles, 5 de septiembre de 2012
La certidumbre de existir .
Si
lo he visto todo
todo lo que no existe destruir lo que existe
la espera arrasa la tierra como un nuevo diluvio
el día sangra
unos ojos azules recogen el viento para mirar
y olas enloquecidas llegan hasta la orilla del país silencioso
donde los hombres sin memoria
se afanan por perderlo todo
En una calle de apretado silencio transcurre el asombro
todo retrocede hasta un limite inalcanzable para el deseo
pero tu y yo existimos
tu cuerpo y el mío se adelantan y aproximan
y aunque nunca se toquen aunque un inmenso vacío los
separe
tu y yo existimos
lo he visto todo
todo lo que no existe destruir lo que existe
la espera arrasa la tierra como un nuevo diluvio
el día sangra
unos ojos azules recogen el viento para mirar
y olas enloquecidas llegan hasta la orilla del país silencioso
donde los hombres sin memoria
se afanan por perderlo todo
En una calle de apretado silencio transcurre el asombro
todo retrocede hasta un limite inalcanzable para el deseo
pero tu y yo existimos
tu cuerpo y el mío se adelantan y aproximan
y aunque nunca se toquen aunque un inmenso vacío los
separe
tu y yo existimos
Aldo Pellegrini
miércoles, 15 de agosto de 2012
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